¿Las auditorías nos asustan?
La palabra auditoría sugiere un examen de algún aspecto de nuestra empresa, con las correspondientes consecuencias en función de los resultados obtenidos. Muy a mi pesar, he de reconocer que la palabra auditoría tiene implícita cierta connotación negativa.
Pero en el caso de las auditorías energéticas, debemos superar estas connotaciones, ya que no tienen cabida.
Las auditorías energéticas debemos considerarlas, no como un examen, sino como una “fotografía” del estado energético de la empresa, acompañada por una batería de medidas que nos ayudarán a reducir el consumo energético.
Los objetivos perseguidos en una auditoría energética, son:
- Conocer la situación energética actual de la industria (o instalación donde se lleve a cabo).
- Detectar medidas de mejora con el fin de que la instalación sea energéticamente más eficiente.
- Analizar técnica y económicamente la viabilidad de las propuestas de mejora.
- Difusión y sensibilización del equipo humano en cuanto a eficiencia energética.
Tal vez, en lugar de hablar de auditorías energéticas, podríamos referirnos a ellas como estudios o evaluaciones energéticas, palabras más amables que el término “auditoría”.
Recuerdo que, en uno de los estudios energéticos que hemos llevado a cabo, se me acercó una persona de la fábrica, con cara de pocos amigos, a preguntarme a ver qué estábamos haciendo. Tras explicarle que estábamos midiendo el nivel de iluminación, me preguntó preocupado qué pensábamos hacer con esos datos... “Presentarlos en un informe para vosotros, junto con una serie de propuestas de mejora para que ahorréis energía.”, dije yo. El hombre se quedó tranquilo al constatar que no tomaríamos medidas “contra ellos” o la auditoría supondría consecuencias “negativas”.
En próximos artículos desbrozaremos en qué consiste una auditoría (o estudio) en el campo de la energía, con el fin de que las conozcamos un poco mejor y no les tengamos miedo.
La palabra auditoría sugiere un examen de algún aspecto de nuestra empresa, con las correspondientes consecuencias en función de los resultados obtenidos. Muy a mi pesar, he de reconocer que la palabra auditoría tiene implícita cierta connotación negativa.
Pero en el caso de las auditorías energéticas, debemos superar estas connotaciones, ya que no tienen cabida.
Las auditorías energéticas debemos considerarlas, no como un examen, sino como una “fotografía” del estado energético de la empresa, acompañada por una batería de medidas que nos ayudarán a reducir el consumo energético.
Los objetivos perseguidos en una auditoría energética, son:
- Conocer la situación energética actual de la industria (o instalación donde se lleve a cabo).
- Detectar medidas de mejora con el fin de que la instalación sea energéticamente más eficiente.
- Analizar técnica y económicamente la viabilidad de las propuestas de mejora.
- Difusión y sensibilización del equipo humano en cuanto a eficiencia energética.
Tal vez, en lugar de hablar de auditorías energéticas, podríamos referirnos a ellas como estudios o evaluaciones energéticas, palabras más amables que el término “auditoría”.
Recuerdo que, en uno de los estudios energéticos que hemos llevado a cabo, se me acercó una persona de la fábrica, con cara de pocos amigos, a preguntarme a ver qué estábamos haciendo. Tras explicarle que estábamos midiendo el nivel de iluminación, me preguntó preocupado qué pensábamos hacer con esos datos... “Presentarlos en un informe para vosotros, junto con una serie de propuestas de mejora para que ahorréis energía.”, dije yo. El hombre se quedó tranquilo al constatar que no tomaríamos medidas “contra ellos” o la auditoría supondría consecuencias “negativas”.
En próximos artículos desbrozaremos en qué consiste una auditoría (o estudio) en el campo de la energía, con el fin de que las conozcamos un poco mejor y no les tengamos miedo.
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